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III.2 Teoría de la acción comunicativa - Retroceso laboral, discriminación y riesgo en las maquiladoras

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III.2 Teoría de la acción comunicativa


El sociólogo alemán Jürguen Habermas (1989) postuló la necesidad de la acción humana coordinada para la satisfacción de requerimientos de la vida social humana, gracias a sujetos lingüísticos e interactivamente competentes. Su teoría de la acción comunicativa explica las formas en que operan los actos de habla. Hace dos grandes distinciones: actos de habla dirigidos al entendimiento y otros encaminados al éxito, los ilocucionarios y los perlocucionarios, respectivamente. Su mayor interés lo volcó en explicar cómo son los que llevan a los acuerdos. Los dirigidos al éxito los muestra como una suerte de engaño para hacer que el oyente haga lo que el hablante insinúa o veladamente solicita; su poder deriva de la astucia de ocultar las intenciones del hablante, siguen la estrategia de lograr la acción del otro sin solicitarla explícitamente.
En los actos de habla los signos emitidos poseen simultáneamente las propiedades de ser símbolos, síntomas y signos. Símbolos porque corresponden a cosas o procesos, representan algo. Síntomas porque expresan la interioridad del hablante, muestran sus inclinaciones. Señal porque dejan ver la apelación al oyente que hace el hablante, iluminan las pretensiones del hablante. Los signos emitidos en los actos de habla no son sólo palabras.
Los actos de habla encaminados al entendimiento, poseen fuerzas ilocucionarias que derivan de la validez de la oferta del hablante, las que motivan a un oyente a aceptar la oferta que entraña el acto de habla y con ello a contraer un vínculo racionalmente motivado. Los sujetos al hablar pueden referirse a más de un mundo y, al entenderse entre sí sobre algo en uno de los mundos, basan su comunicación en un sistema compartido de mundos:

Actos de habla en el mundo objetivo.

En él la pretensión de validez es la verdad. La forma de expresar estos actos de habla es desapasionada, sin énfasis histriónicos, valga la redundancia, es objetiva, con mayor interés por describir, explicar o interpretar el mundo y las cosas del mundo del que se habla. No muestra sentimientos ni actitudes dogmáticas. Los actos de habla objetivos tienen la fuerza apelativa, la pretensión de influir y producir un efecto en el oyente, únicamente en el mundo de las cosas, en el mundo ajeno al hablante. Su interés es llevar al acuerdo en la objetividad de alguna cosa o en la posibilidad de trabajar en coordinación para conseguirla.

Actos de habla en el mundo afectivo

. En este mundo la pretensión de validez es la veracidad, el apego de lo dicho con los sentimientos que lo originan o con los que derivarán. En él no está en discusión la verdad. Sí la concordancia entre lo sentido y lo expresado. La forma de hablar en este mundo es histriónica, los sentimientos se muestran al expresar la oferta para llegar al acuerdo. La implicación fuerte del hablante con su acto de habla se da a través de mostrar sus vivencias, de ser expresivo. Los acuerdos serán en el terreno de los afectos y, para conseguirlos, oyente y hablante apelarán a la veracidad de lo expresado con las palabras y el cuerpo y buscarán compartir los significados afectivos y las repercusiones involucrados en los actos de habla y en los acuerdos.

Actos de habla del mundo normativo.

En él los actos de habla son más propios del mundo social, son exigencias dirigidas al oyente y expresan un deber ser a acordar. La pretensión de validez de este mundo es la rectitud, la concordancia entre el decir y el apego a la norma hablada. El mundo de habla normativo es vivido por el hablante con formas de tipo dogmática; no obstante, tales formas dejan abierta la posibilidad a llegar al acuerdo en la forma de convivencia más admisible por oyente y hablante. Los acuerdos de este mundo conducirán relaciones sociales dirigidas por límites normativos, explícitamente muestran las diferencias, los desacuerdos y la forma de superarlos sobre la base de normas.

IV. Habitus para eludir al conflicto


En estos días, las formas duraderas de ser y de valorar al hablar rehúsan, usualmente, el conflicto. Si no hay conflicto, si no hay diferencias, no hay acuerdo posible ni acción humana coordinada. La historia de los campos laborales y escolares que conozco no ha generado develar y enfrentar el conflicto. Ante esa carencia los actos de habla dirigidos al acuerdo son muy esporádicos, son más una excepción que lo cotidiano. En lugar de enfrentar las diferencias, lo que se encarna es sucedáneo que las escamotean, que las ocultan. Son máscaras -o habitus- que se alejan del acuerdo y de la coordinación de las acciones para trabajar conjuntamente. Son disposiciones duraderas de ser y de valorar de sujetos interactiva y lingüísticamente incompetentes. Aquí se conjuntan con el recurso metodológico de los tipos ideales de Weber (1998). Entre las más usuales están:

Avión


Esta estrategia la sigue quien desea engañar a su interlocutor. Pretende admitir el acuerdo aunque, en realidad, no exista tal. Las formas duraderas de ser y de valorar de quien sigue esta perlocucionaria estratagema, ante la oferta del hablante, dicen asentir, sólo que quien así procede sabe bien que sólo es un embuste para que no lo presionen o comprometan más. La forma de actuar del hablante que así procede es difícil valorarla de antemano; únicamente por la ausencia de acciones o por acciones contrarias al supuesto acuerdo, se le reconocen. La ventaja del oyente es que este habitus opera una y otra vez, de tal suerte, que sus antecedentes lo identifican como mentiroso. A él no le importa demasiado, sigue con su estrategia de dar el avión.

Contreras


Otro habitus muy común es el encarnado por quien hace de la discusión sin sentido su forma de acción social. Tiene como singularidad llevar al no acuerdo, su acción perlocucionaria no abre la posibilidad del acuerdo porque de antemano no se abre a sí mismo a la duda o a la incertidumbre. Todo lo conoce y como lo que le ofrece el hablante no es como él lo estipula, simplemente no se abre a un mundo desconocido. Le aterra ignorar y para evitarlo actúa como el continuo censor de prácticas y actos de habla ajenos. No acepta el acuerdo ni la acción coordinada porque la oferta del hablante lo induciría a nuevas formas de ser y de valorar. La respuesta del contreras es contundente: crítica, crítica crítica y dice no a todo lo que escucha.

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